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José Miguel Rodríguez Matos, Ph. D.

La universidad como ruptura y creación1

En el libro Forjando el porvenir americano en un justificado desdén de Hostos hacia nosotros los universitarios nos dice con su ironía, nada sutil: Sin contar con que el catedrático de la universidad no ha sabido nunca más que tomar la lección al pie de la letra, o dar conferencias y pronunciar discursos académicos que, desde Abelardo hasta Castelar, o desde Pastel hasta Cousin, siempre han sido excelentes para buscar aplausos, nunca han sido buenos para encontrar conocimientos3.

Esta afirmación me causa un trilema existencial de carácter epistemológico, metodológico y ético. A pesar del trilema, fue auspiciosa esa crítica del egregio maestro, pues me permitió darle forma a esta ponencia que he intitulado La universidad como ruptura y creación.

La tesis que voy a sostener es la siguiente: Una concepción de la universidad como ruptura y creación: a) trasciende los paradigmas tradicionales mecanicistas que cosifican la universidad y niegan su naturaleza, b) contiene los atributos y las dimensiones esenciales del espíritu que debe caracterizar la universidad de cada tiempo -a partir de la premisa de que no existe una universidad para todos los tiempos- c) sugiere los mecanismos para articular esos atributos y dimensiones en una agenda transformadora que inclina el balance de poder hacia la Universidad frente a las fuerzas de dominio externo que amenazan su autonomía, y d) comprende rupturas impostergables al espíritu energizante que debe caracterizar a la universidad tales como las rupturas: epistemológicas, estructurales y atitudinales, como categorías generales.

La universidad como una dialéctica entre lo abstracto y lo concreto

¿Cuál es el concepto de universidad que asumimos, que da margen a nuestra reflexión? Sea que nos planteemos la universidad como un espíritu, como una unidad orgánica, como un movimiento, como una estructura, como una organización, como un instrumento o medio o cualesquiera otra metáfora, la reflexión en torno a ella siempre será un acto desafiante, polémico y, en cierto modo, pretencioso. Nunca estará exento de algún grado de redundancia, pero no por esto puede dejar de ser un acto de reflexión permanente, en cuanto imprescindible. Esto, en virtud de la exigencia de la naturaleza enérgica, convulsa, escurridiza y metamorfósica de la universidad como una expresión social.

Nuestras reflexiones en torno a la universidad tienen, generalmente, tres puntos de partida, polémicos por demás si los consideramos separadamente. Primero, la pensamos en forma demasiado abstracta; segundo, la pensamos en forma demasiado concreta o tercero, la pensamos como una entidad permanente para cualquier tiempo y lugar. Del desequilibrio entre estas concepciones parten, a mi juicio, muchas de las ambigüedades que caracterizan la reflexión en torno a la universidad y, consecuentemente, a su manifestación social.

Pensar la universidad es un proceso complejo y dialéctico, que siempre oscila de lo abstracto a lo concreto, de lo utópico a lo real, del pensar al hacer, de la universidad para todos los tiempos y escenarios a una universidad para cada tiempo y escenario, de la que es una sola a la que hay en cada universitario y universitaria. Ese mismo acercamiento dialéctico nos sugiere que a la hora de pensar la universidad no podemos ser tan abstractos que nos enajenemos de la realidad y nadie nos entienda ni tan concretos que olvidemos el sentido y significado de lo que hacemos en un determinado momento histórico. A la hora de replantearnos el tema de lo universitario nuestro esfuerzo reflexivo debe intentar integrar esas dimensiones para buscar y encontrar significado a la acción universitaria en nuestro contexto socio-histórico. A mi juicio, al margen de estas consideraciones nuestro pensar en torno a lo universitario corre el peligro de convertirse en un fútil ejercicio académico.

Ver la Universidad desde estas ópticas implica, necesariamente, consideraciones ónticas que nos ubican en tiempo y espacio en una realidad con características únicas. Entonces, una forma de darle concreción a la Universidad de Puerto Rico, como han sugerido destacados intelectuales del patio, es pensarla desde Puerto Rico y su realidad socio-política-cultural-económica, pero en su relación con el mundo, con y desde nuestra gente en relación con otra gente.

Si bien el tema de la universidad cobró preponderancia y se hicieron valiosas aportaciones en la Europa del siglo XVIII, los postulados fundamentales de la Ilustración y la Modernidad han encontrado sendos desafíos en la corriente posmoderna que tienen profundas implicaciones para la universidad de nuestros días. Si bien Kant hizo valiosas aportaciones a la función de las facultades académicas, las facultades nuestras requieren la atención de sus particularidades hoy a raíz de nuevos saberes, nuevas relaciones inter y multidisciplinarias y lo que he llamado nuevas relaciones estructurales. Si bien José Ortega y Gasset5 pensó la universidad de su época con elocuencia y claridad, aquéllos eran otros tiempos, otros escenarios, otro mundo. Aún las reflexiones de distinguidos estudiosos del patio como Don Jaime Benítez6, Geigel Polanco7, Milton Pabón y, más recientemente, nuestro colega Rafael Aragunde,8 entre otros tantos, ameritan reabordaje críticos a planteamientos que han quedado sobre la mesa.

Dos cosas deben preceder, a mi juicio, al proceso de reflexión en torno a la universidad: primero, un vasto y claro conocimiento de la realidad circundante, para lo cual la investigación juega un papel decisivo y, segundo, una concepción clara de su función de servicio. Esa reflexión tiene que oscilar en forma dialéctica entre las dimensiones locales y globales de esa realidad. Y aquí comienza a cobrar sentido la Universidad como una acción compartida y como un proyecto ético. Es preciso articular estrategias de carácter sistémico, inter-recintos e inter-facultativas, que provean procesos participativos, instrumentos e infraestructuras de coordinación, integración, apoyo, seguimiento, evaluación y renovación constante. De esta forma lograremos una interacción más fecunda de lo abstracto y lo concreto. Si la universidad es un espíritu, lo que vemos pertenece a este espacio temporal, a este espacio físico, pero la universidad trasciende todo esto, mañana asumirá otra identidad, y luego asumirá otra, en función de su naturaleza de ruptura.

La tercera vertiente que mencioné es consustancial con ese pendular de la universidad entre lo abstracto y lo concreto y se constituye a veces en un obstáculo de integración entre estas dos dimensiones: me refiero a la universidad entendida como un monolito: una sola cosa, un solo ente, un solo paradigma a través del cual miramos todo; una universidad para todos los tiempos, todos los gustos y todos los escenarios. Esa universidad es tan ilusoria como imposible, no sólo por la realidad convulsa que la rodea, sino en virtud de la diversa naturaleza humana que l compone y que, en última instancia, le da sentido y razón de ser.

Nuestras reflexiones parten, no tanto de la universidad abstracta, la mega, la macro, la grande, sino la que está a nuestro alcance, la accesible, la que está más cerca de nosotros (y más cerca de esa que está dentro de nosotros), la que nos ofrece oportunidades reales de aportación. Entonces, pensar la Universidad desde nuestra interioridad permite acercarnos al estado de concreción necesario para hacerla accesible, operacional y pertinente a nosotros y a otros. Es nuestro lugar de anclaje para el ejercicio de nuestro compromiso universitario. Podríamos decir, la de nuestro testimonio personal. El peligro está en que si no logramos trascender esa universidad que hay en nosotros y no buscamos la convergencia entre esta y e"sas universidades que representan las unidades (el aula, los departamentos, las facultades, las escuelas) con la abstracta, esa que es patrimonio de Puerto Rico y de la Humanidad, podemos caer en el conflicto o la ingenuidad de creer que cada uno y cada una es la universidad. Nada más peligroso que esto a su espíritu, esencia y significado. No obstante, es desde estas convergencias, aunque estén impregnadas de serias contradicciones, que podemos movernos con un propósito común y una agenda compartida, sin cerrar los espacios a nobles y complementarios propósitos individuales y grupales. Estas convergencias implican, desde luego, superar esquemas, es decir, procesos de ruptura, a veces dolorosos.

La consubstancialidad entre universidad y ruptura

Lo que pretendo señalar es que las formas concretas que cobra la universidad tienen que estar en consonancia con los tiempos, que no es lo mismo que adaptarse. Esa universidad adaptativa o responsiva de la que tanto hablamos es negación de la universidad como creación, y no tiene sentido en una sociedad y un mundo caracterizado por la crisis, por rupturas paradigmáticas tan dramáticas que José de Souza Silva les ha llamado un cambio de época, en contraposición a una época de cambio9.

El concepto ruptura es inherente al espíritu de la universidad. Sin la idea de ruptura es incomprensible una concepción relevante de la universidad para estos tiempos. En su significado intrínseco subyace la naturaleza móvil, dinámica, cambiante, radical e insurgente de la universidad. Es la que permite romper las fronteras entre lo abstracto y lo concreto, entre la universidad que hay en mí y la que está fuera de mi. Ruptura implica una eventual separación de un estado de cosas que son insatisfactorias, disfuncionales, incluso que tienen un efecto de perversión en los espacios de trabajo. Tiene la virtud de cobrar formas y matices diferentes en función de factores como el tiempo, los escenarios, las circunstancias, los fines y propósitos. Y si algo sugiere ruptura es producto de un proceso paulatino de desgaste, de deterioro, de desvanecimiento, muchas veces producto del mismo proceso natural de vivir, de la evolución orgánica en las propias instituciones, no necesariamente de decisiones anteriores mal hechas. La universidad como ruptura es transgresora, desafía, quiebra viejos paradigmas y construye nuevos esquemas mentales para entender la realidad y actuar inteligentemente en ella. Es iniciativa y respuesta creadora. Implica una constante reflexión y actualización de su misión y propósitos y, consecuentemente –y más importante aún- de los mecanismos que permitan esa actualización constante. Sin perder de vista que la misión y los propósitos no son si no la expresión sumativa de un largo proceso de consideraciones ontológicas, epistemológicas, axiológicas, metodológicas, sociológicas y de otra naturaleza, que le preceden.

Aunque la concepción de la universidad como ruptura incluye múltiples dimensiones, por razones de tiempo me voy a circunscribir a tres de ellas que me sugieren formas de superación de las preocupaciones de Hostos que mencioné al principio. Me refiero a las rupturas epistemológicas, metodológicas y atitudinales. Otras serán objeto de posterior reflexión en un trabajo más extenso que estoy preparando.

Las rupturas epistemológicas como precedentes de los procesos creativos

En sus estudios de ciencia y filosofía, Gaston Bachelard10 (en el primer tercio del siglo XX) puso de relieve que a veces tienen lugar cambios bruscos en la evolución de una ciencia y, en general, del conocimiento. Estos cambios representan un corte en el proceso de investigación científica y en la idea misma de la ciencia. Así, una nueva teoría científica puede no limitarse a apartarse dramáticamente de otra precedente; puede situarse dentro de un nuevo contexto epistemológico, inclusive, no compatible con el anterior. De aquí surge la idea de corte epistemológico que niega la idea de continuidad en la evolución del saber, así como la idea de acumulación de conocimientos. Bachelard rechaza que haya ninguna frontera absoluta, pero no porque estime que la ciencia carece de límites, sino porque considera que trazar una frontera equivale ya a traspasarla. Así, la frontera representa un corte, pero un corte que está destinado a ser eliminado. De aquí se desprende eso que llamo rupturas epistemológicas. En la nomenclatura metafórica de Paulo Freire esas rupturas surgen, entre otros factores; de la necesidad de repensar la universidad, redibujarla, repintarla, redanzarla, constantemente. Y esto no implica, en forma alguna, menosprecio a saberes creados, a lo que se ha hecho, a la historia, pero tampoco implica veneración de una tradición que tuvo su tiempo y su lugar. Siempre habrá algún elemento evolutivo en cuanto los procesos de ruptura no parten de la nada. En este sentido hay que reconocer que la producción científica tiene un cierto elemento de continuidad, aunque los saberes que generen esos procesos sean transgresores de concepciones anteriores. Lo que es importante señalar es que las rupturas epistemológicas son la antítesis del academicismo que suele a veces caracterizar la universidad, desde sus aulas hasta su alta burocracia. Son rupturas conceptuales de nuestra forma de producir conocimiento que apuntan a la primacía de los procesos de reflexión crítica, la creación y la investigación. No puede haber ruptura sin investigación y creación como no puede haber universidad sin estos procesos. Entonces, es función impostergable y constante de la universidad invadir espacios de saberes tenidos con saberes creados.

A partir de este análisis el debate antagónico entre Modernidad-Posmodernidad (o si somo modernos o posmodernos) se torna superfluo y fútil. La universidad no tiene que venerar los postulados desgastados de la Modernidad y la Era de la Ilustración, como no tiene que alinearse con las imprecisiones del movimiento posmoderno. Ante esos paradigmas tiene que asumir la actitud crítica y desafiante que debe caracterizarla. Desde estos desafíos asume posturas, construye sus propios paradigmas a la altura de los tiempos y, sin caer en el sincretismo, reconoce las aportaciones de esas corrientes de pensamiento al debate contemporáneo.

Entonces, no hay manera de concretar la universidad como ruptura y creación, sin asumir una nueva epistemología, nuevas concepciones de la creación científica y nuevos modelos mentales que permitan comprender mejor la realidad en sus dimensiones locales y globales. De ahí que estemos ante lo que me empeño en llamar una auténtica ruptura estructural. Es decir, una nueva forma de concebir las relaciones de la universidad consigo misma y con el mundo, que hacen posible su función epistemológica, investigativa y de servicio.

Las rupturas estructurales como articulación de un todo orgánico

En el libro La estructura de la administración crítica12 definimos el concepto estructura como la configuración (la distribución, el orden y las interrelaciones de los componentes, elementos y manifestaciones fenomenológicas de un proceso o ente), que define su naturaleza, significado y esencia como una totalidad concreta y como un proceso humano. Esta definición apunta al conjunto de relaciones internas y con el mundo exterior que caracteriza la universidad y que le dan una identidad única en relación con otras organizaciones sociales. Aún cuando asumimos la universidad como un espíritu, el concepto estructura apunta a una cierta forma que nos permite niveles de concreción necesarios. Lejos de adaptarse, la universidad tiene el deber ministerial de romper viejas relaciones que ya no facilitan su función epistemológica, investigativa y de servicio, así como su trascendencia. Debe crear sus nuevas relaciones a partir de esas rupturas. No hay organización social alguna que tenga más posibilidades de ejercer esa potestad de establecer su propio conjunto de relaciones. Tiene el potencial humano (estudiantes, docentes, directivos y otros sectores), los recursos, los medios y la libertad necesarios. Pese a las múltiples intervenciones y amenazas a su autonomía, ninguna organización social formal tiene más poder para generar transformaciones a través de sus relaciones estructurales internas y externas. Y no me atrevería defender la tesis de que hemos utilizado cabalmente ese poder. Veamos algunos ejemplos.

Una de esas relaciones estructurales que ameritan una reflexión amplia y profunda lo plantea el más reciente Informe de la Middle States13 en sus observaciones en torno a los conflictos universitarios. Sostiene el Informe que la gerencia universitaria no ha manejado de la mejor manera posible las diferencias con los estudiantes y destaca que la frustración por no sentirse escuchados lleva a los alumnos a recurrir a paros y manifestaciones. El nivel de frustración y la necesidad de actuar de forma radical, como en piquetes, se podría reducir si ellos (los estudiantes) tienen más oportunidades para llegar a la administración. Sugiere, entre otras propuestas, reuniones periódicas entre directivos y estudiantes que mantengan abiertos los espacios de diálogo. Pero esto requiere una visión, un plan estratégico y, por supuesto, una voluntad decidida de todas las partes y la creación de mecanismos permanentes que propicien las relaciones estructurales.

Por otro lado, debemos tener sumo cuidado de no hacerle el juego a quienes controlan las estructuras económicas de poder. Posiblemente, la más grande amenaza externa que enfrenta la Universidad en este momento histórico es la que la arrastra a convertirse en un empresa de mercado, es decir, en una industria más, que propiamente hablando deja de ser educativa, en sentido estricto, y deviene en una expresión del neoliberalismo imperante como base ideológica del capitalismo salvaje. Si bien la universidad no se puede enajenar de esa dimensión global, tampoco se puede dejar absorber por ésta. En el pleno ejercicio de su autonomía y de su naturaleza de ruptura y creación, tiene que hacer frente a una corriente que responde a los intereses del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, de las corporaciones privadas, de los grandes intereses regionales y de gobiernos mezquinos y corruptos que han hecho posible veinte millones más de pobres en la América Nuestra en los últimas dos décadas. No olvidemos que si la universidad se rinde ante los grandes intereses, los docentes y los estudiantes serán sus instrumentos. En este momento en el cual la Universidad se apresta a adoptar un plan estratégico, según contenido en el documento Diez para la década14, hay preguntas insoslayables a considerar antes de adoptar el plan como política oficial: ¿Asume, como Universidad del Estado, su función de servicio al pueblo puertorriqueño? ¿Se aparta de esa influencia neoliberal? ¿Refleja una clara defensa de la autonomía universitaria? ¿Respeta el derecho insubordinable a la libertad de cátedra y a la propiedad intelectual? ¿Apoya la creación de una cultura de investigación? (No es lo mismo que una política de investigación. Puede haber política de investigación sin cultura investigación y sin investigación). ¿Defiende un balance entre disciplinas que van quedando rezagadas como la filosofía, las humanidades, las artes vis a vis la ciencia y la tecnología? ¿Se distancia de una visión economicista y de mercado? He dicho antes y me reitero hoy: No es lo mismo educar a un pueblo, que envasar gandules Goya, salchichas Carmela o ensamblar Toyotas. Por supuesto, nada malo hay que unas personas trabajen ensamblando automóviles; yo puedo conducir mi Tundra gracias a que una industria lo supo hacer bien. Pero la naturaleza de la educación universitaria trasciende esas tareas, sin desdeñar de ellas.

Hostos, como pensador visionario truena contra una universidad de mercado cuando señala: El ideal no debe ser formar discípulos para el arte de los negocios, sino levantar jóvenes con una educación que les permita entender la relación que hay entre él y aquel vasto mundo de que el [ser humano] es una parte. Aunque la Universidad también tiene que proveer espacios para quienes quieran cultivar ese arte.
Otro ejemplo de las nuevas relaciones estructurales que necesita la Universidad es la relación administración-docencia. Como gigante dormido descansa el tema de la sindicalización de los docentes. Sobre este particular apunta nuestro colega, el profesor Carlos Alá: La negociación colectiva es una forma viable y responsable de dialogo que promete alterar favorablemente las condiciones de empleo y salario de los empleados, cónsono con los valores, la tradición y propósitos universitarios. Es una ruptura con la visión tradicional jerárquica cuyo interés primordial es el control por las estructuras de poder, especialmente las políticas. ...¿Qué más universitario que el diálogo franco y sereno en igualdad de condiciones? Una universidad democrática no se sostiene con la pseudo participación que presupone ser miembro de la Junta de Síndicos, entre once miembros nombrados por el gobierno.

Aunque los ejemplos de ruptura que he señalado se manifiestan en la cotidianidad de nuestra universidad, ha habido intentos de ruptura en su historia, que todos conocemos: la reforma de 1925, la intentona de Géigel Polanco en 1942, la ley de 1966, la ley de 1992. ¿Lograron esos intentos una universidad más autónoma, democrática, ilustrada, de calidad? ¿Cuál fue la aportación de estos intentos a la universidad de su época?, ¿a la que tenemos hoy? Es preciso retomar el debate y ver con profundidad qué aprendimos de esos procesos para la transformación que necesita nuestra universidad hoy.17

En el 2006 continuamos con las mismas utopías de esos tiempos, pero arrastramos los mismos problemas que pretendieron superar esos intentos de reforma. ¡Vaya legado¡ Son evidentes dos constantes vitalicias en todos estos procesos: por un lado, la intentona de los partidos políticos, especialmente del PNP y el PPD con sus roñosos intereses, de controlar la universidad y, por otro lado, la universidad y su interminable lucha en defensa de su autonomía. Entre esas dos constantes estriba otra de las rupturas estructurales mayores que enfrentamos. No hay modo de desprenderse de ese embate político porque, como bien sostuviera Freire, la educación es, por su naturaleza, un proyecto político. Nuestro esfuerzo debe ir dirigido a tornar a nuestro favor el balance de poder que representan esas dos fuerzas. No es luchar contra lo que ninguna universidad en ningún país del mundo ha podido hacer. La autonomía universitaria no la van a conceder los políticos, tenemos que reclamarla y asumirla los universitarios; la democratización de la universidad no se va a legislar, tenemos que construirla nosotros. Ningún partido político en P. R. se ha comprometido seriamente con la autonomía universitaria. El reclamo y la lucha deben ser contundentes de parte nuestra y, contrario al dicho ya popular: Si se les da las razones y no entienden, pues habrá que gritarles, porque en la defensa de nuestra autonomía radican las posibilidades asumir cabalmente nuestra libertad de ruptura y creación.

Todas estas luchas dilatan u obstaculizan la función de servicio de la universidad. Mientras, el País reclama una universidad enérgica que se deje sentir y que sea proyección del pueblo puertorriqueño en la comunidad caribeña, latinoamericana e internacional. ¿Qué tiene la universidad que decir en un país que tiene: una taza de pobreza que supera el 60 %, un 38% de los hogares cuyos el jefe de familia es mujer; un 64% de las familias tiene tarjeta de salud; los municipios más pobres de los 3,000 en todo el territorio de los EU, un 62% de los confinados en nuestras cárceles son reincidentes, veinte mujeres asesinadas en el 2005, diecisiete mil casos de violencia doméstica fueron reportados? ¿Qué tiene que decir la universidad en un mundo en el que cada 18 segundos una mujer es maltratada, atropellada, violada y humillada en el mundo? Es decir, en el tiempo que hemos estado aquí, la dignidad de aproximadamente 400 mujeres han sido lastimadas, y mancilladas., víctimas de la violencia doméstica. ¿Qué tiene que decir la universidad como institución ante el Informe del Grupo Interagencial de Casa Blanca que desenmascara, una vez más, la condición colonial de Puerto Rico? En una especie de afirmación y lamento decía Hostos: Claro, que no es función [de la universidad] el introducir directamente...reformas, que toca a una legislación científica; pero debería proveer del conocimiento y del espíritu de cambio y de reforma. Desgraciadamente, la atmósfera universitaria no es siempre sana para el crecimiento de ese conocimiento y espíritu"...en vez de proporcionar reformas sociales, la actual educación superior no sirve más que para el statu quo. Una pregunta queda en el tintero, quizás retórica, no por ello menos importante: ¿Cuánta responsabilidad tiene la universidad en la crisis social que vive nuestro pueblo, ya sea por lo que haya hecho o por lo que haya dejado de hacer? Si ese cuadro pasa desapercibido entre nosotros, posiblemente estamos doblegando nuestra responsabilidad de servir, a la de servirnos. Y una universidad que no sirve, sencillamente, no sirve.

De esas rupturas epistemológicas y estructurales, entre otras, nacen los saberes, currículos, programas y proyectos. No hay forma de hacer esta afirmación sin plantearnos la preocupación de que llevamos cerca de tres lustros intentando diseñar un nuevo bachillerato. Confiamos en que, cuando lo terminemos, tenga los atributos del buen vino añejado. No olvidemos que las generaciones futuras van a pasar juicio sobre nuestra obra intelectual.

Por otro lado, es tiempo de ruptura con visiones administrativas arcaicas que cosifican la Universidad. Si no lo hacemos estamos evocados al cosismo, al embelequismo, al papelismo, al reunismo y otras pseudo gestiones entretenedoras y absorventes de la cotidianidad organizacional, mientras la Universidad, el País y la sociedad contemporánea demandan transformaciones contundentes y cambios radicales en medio de una profunda crisis. Pero para esto tenemos que comenzar a hablar un lenguaje que nos devuelva el sentido ético y humano de nuestra gestión administrativa. Me refiero a esa necesaria ruptura con el lenguaje neoliberal que le llama destreza a la capacidad del ser humano para pensar y crear, que le llama capital a los saberes, que le llama recursos al potencial humano, que le llama adiestrar al proceso formativo y que tiene una fijación obsesiva con el ambiguo concepto de efectividad, entre otros términos análogos. No olvidemos que en ese lenguaje dejamos claramente marcada la diferencia entre si somos educadores o empresarios. Y no perdamos de vista que la universidad es, sobre todo, maestra.

Las rupturas atitudinales como imperativo ético

Finalmente, desafiar ese cuadro que hemos reseñado requiere rupturas con viejas actitudes para crear nuevas mentalidades y una disposición que den a la Universidad un nuevo sentido de unidad. ¡Magno desafío! Creo que podemos crear, amparados en nuestra libertad de cátedra, nuestra señera definición de unidad. Y podemos comenzar afirmando los principios que nos deben unir como universitarios y universitarias, entre otros: nuestra responsabilidad gnoseológica, nuestro compromiso con la investigación como su herramienta fundamental, nuestro ministerio de servicio a la comunidad puertorriqueña y al mundo, la utilización de nuestro talento para el bien común y la anteposición de lo humano sobre lo académico y normativo.

Una de las cosas que más atenta contra esa necesaria unidad es lo que me atrevo llamar, inspirado en la tesis de nuestro ilustre universitario, Antonio S. Pedreira, el insularismo universitario (individual y colectivo). Es esa especie de gravitación centrípeta que nos sitúa de espaldas a la realidad circundante, algo así como un mundo aparte, antítesis de la adunidad. Este fenómeno se da a nivel colectivo como secuela de lo que se da individualmente en cada universitario y en cada universitaria. Y no ocurre por maldad. Para dar sólo un ejemplo, ese es el insularismo que mantiene a las facultades de Administración Pública, Administración de Empresas, Planificación y Educación como satélites inconexos, cuando deberíamos estar unidos gestando un proyecto administrativo para la Universidad, desde la Universidad, para encauzar su gestión interna e impulsar su proyecto allende sus fronteras.

A manera de conclusión

En síntesis, la universidad como ruptura y creación es la universidad que educa para enfrentar una realidad incierta y compleja, para formar personas íntegras y de temple crítico, para la diversidad, para una cultura de paz, para la libertad, para la justicia social. Más que una nueva misión, necesita rupturas que den margen a una nueva filosofía, una nueva sociología, una nueva psicología, nuevas relaciones estructurales y nuevos métodos, para enfrentar los desafíos de un cambio de época, de implicaciones locales y globales. Esa universidad a la que me refiero espero, a su vez, está por construirse.

Hostos nos instaría a mirar hacia la Torre y buscar en su simbolismo la inspiración que nos mueva: una universidad que apunta a la más altas aspiraciones del ser individual y colectivo; que extiende sus funciones gnoseológicas, investigativas y de servicio, allende sus fronteras hacia el Caribe, la América Nuestra y el mundo con un amplio sentido de cosmopolitismo, pero con una zapata firmemente anclada en suelo puertorriqueño.

¡En nuestras manos está la oportunidad de construir la universidad que necesitamos y queremos!

¡He dicho!

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Referencias

1Discurso pronunciado en el acto de conmemoración del 167 aniversario del Natalicio de Eugenio María de Hostos el 11 de enero de 2006 en la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras.
2Catedrático de Honor Eugenio María de Hostos 2005-2006. Universidad de Puerto Rico. Profesor de Administración Educativa del Departamento de Estudios Graduados, Facultad de Educación, UPR, RRP
3Hostos, Eugenio María (1969). Forjando el porvenir americano. Obras Completas: San Juan: Editorial Coquí. Tomo XIII, 53. Vol. II.
4Kant, Inmanuel. (1963). El conflicto de las facultades. Buenos Aires, Losada
5Ortega y Gaset, José (1936). La misión de la universidad. Madrid: Galo Báez
6Ver Benítez, J. (1975). La reforma universitaria, Antología del pensamiento puertorriqueño (1900-1970). Fernández, E. ed.
7Géigel Polanco, Vicente (1941). El problema universitario. San Juan: Imprenta Venezuela.
8Aragunde Rafael (1998). Sobre lo universitario y la Universidad de Puerto Rico. San Juan: Publicaciones Puertorriqueñas.
9 De Souza Silva, José (2001). Proyecto Nuevo Paradigma: La dimensión de estrategia en la construcción de la sostenibilidad institucional. San José, Costa Rica: ISNAR
10 Ferrater Mora, José. (1994). Corte epistemológico. Diccionario de Filosofía. Barcelona: Editorial Ariel
11Freire, Paulo (1993). Pedagogía de la Esperanza: un reencuentro con la Pedagogía del oprimido. Madrid: Siglo XXI.
12 Rodríguez Matos, José Miguel (2001). La estructura de la administración crítica: una interpretación dialéctica. San Juan: Ediciones Abacoa. p. 39
13Middle States Association. (2005). Informe de auto estudio de la Universidad de Puerto Rico, RRP.
14Universidad de Puerto Rico, AC (2005). Diez para la década. Documento de trabajo
15Hostos E. M. Op cit. p. 46 
16Alá, Carlos (1993). CONAPU y la reforma universitaria, Claridad 2-8 de abril de 1993. San Juan, PR
17Véase a Aragunde, R. op. Cit.
18UNESCO (2005). Informe La experiencia de PR en su lucha contra la pobreza.
19Hostos, Op. cit. P47