El doctor José Miguel Rodríguez Matos nos ofrece una interesante y novedosa obra sobre un tema hostosiano de fundamental importancia para nuestra cultura, su libro intitulado La Educación en el ideario de Hostos. Se trata de un estudio sobre la pedagogía hostosiana, que es uno de los quehaceres destacados a los que dedicó su vida y uno de los temas singulares a los que aportó su talento y su imaginación ese pensador puertorriqueño de proyección latinoamericana. Es, por lo tanto, para los estudiosos de Eugenio María de Hostos, motivo de interés y agradecimiento que el profesor Rodríguez Matos contribuya con su análisis y comentarios sobre la pedagogía hostosiana. Hostos tuvo la oportunidad de enseñar y estudiar la didáctica a distintos niveles –uno de los cuales fue sobre la educación jurídica– en dos países, Santo Domingo y Chile, en instituciones dedicadas especialmente a la ciencia de la educación, donde tuvo la oportunidad de enriquecer esas materias. Creemos que de todas las facetas de este Maestro antillano la que más se destaca es la de docente. En el libro que recomendamos se estudian y valoran las numerosas ideas pedagógicas y educativas El hostosianas, aquilatadas por el autor, un especialista que realiza dicho análisis basado en los conocimientos construidos durante su extensa y distinguida carrera universitaria. Aunque hostos-portadanosotros no somos conocedores de la ciencia de la pedagogía y la instrucción, hemos tenido la oportunidad de enseñar Derecho e Historia durante más de cuarenta años –y creemos conocer la compleja y complicada obra y vida de Hostos– nos vemos impelidos, por esta experiencia, de recomendar este libro del doctor Rodríguez Matos. A través del mismo aprenderemos una faceta de Hostos que le permitió aportaciones de mucha importancia e interés en la ciencia de la enseñanza. Veremos en estas páginas brillar al profesor Hostos, al forjador de hombres y mujeres que recibieron de él lo mejor de sí, como es su estilo y su ética. Creemos que Hostos sigue enseñando, trascendiendo su vida, pues sus ejemplos y escritos continúan vigentes. Ya lo decía Vicente Géigel Polanco, que su mejor legado era el conocimiento de su vida ejemplar. Disfrute el lector y el estudioso de esta primicia que nos ofrece el catedrático José Miguel Rodríguez Matos.

Uno de los rasgos de la personalidad de Eugenio María de Hostos es su dedicación a la docencia y al estudio de la ciencia que la pauta y desarrolla. La experiencia con la enseñanza y los estudios que sufrió durante su extensa permanencia en España, desde sus inicios como un niño de doce años hasta un adulto de treinta, cuando se ausenta, fueron en dos dimensiones: la que intentó recibir en la escuela oficial –bachillerato y universidad– y la que recibió por estudios libres al socaire de su propia voluntad. La primera probó ser un fracaso; Antonio S. Pedreira, Argimiro Ruano y Ramón Antonio Guzmán han ofrecido prueba indubitada de que no pudo terminar sus estudios de bachillerato, y desistió de continuar los de Derecho en la Universidad Central de Madrid al cabo del primer curso. Los antes mencionados estudiosos han tratado de investigar los expedientes de Hostos archivados con los de su promoción que se inició en 1857, y son los únicos que faltan. La nómina completa de los estudiantes de Derecho que se matricularon en ese año está disponible. Hostos figura en la misma. Su admisión es condicionada a que finalice su Bachillerato, y tiene que tomar cursos en la Facultad de Filosofía y Letras a esos efectos, además de los de Derecho. Los investigadores, especialmente Ruano, apuntan a miembros de su entorno familiar por la desaparición de ese expediente. No están muy errados, pues por Madrid estuvo una larga temporada en varias ocasiones el hijo mayor de Hostos, el abogado Eugenio Carlos de Hostos Ayala. ¿Quién, si no miembros de su familia, tendrían ese interés por ocultar ese expediente? Se llega a esa conclusión por los hechos que han surgido producidos en el proceso de recopilación y edición de los escritos hostosianos en 1939, para configurar las Obras completas (OC). Los estudiosos antes mencionados, el ex director del Instituto de Estudios Hostosianos, Marcos Reyes Dávila, el ex editor Julio César López y la también ex directora, Vivian Quiles Calderín han señalado, en distintas ocasiones y escritos, que los editores del las OC de 1939, Adolfo de Hostos Ayala y Eugenio Carlos de Hostos Ayala, eran quienes sentaban la política editorial a seguir, y producto de ésta matizaron el contenido de los escritos de Hostos, truncaron, eliminaron parrafadas y editaron las OC para excluir lo que entendieron era inconveniente o no apropiado publicar. Las propias OC son prueba de lo dicho.

La estadía de Hostos en relación con su educación y los estudios formales y libres que siguió, duraron quince años; constituyen la etapa madrileña. Ésta, de otra manera, fue muy provechosa para el joven Hostos. El año 1857 es un hito en la historia de la instrucción y la educación pública en España. Julián Sanz del Río ofrece su lección magistral en el Aula Magna, y augura la renovación de los estudios sugiriendo cambios profundos y la creación de un ambiente de dedicación educativa de excelencia. No olvidemos que Sanz del Río es discípulo de los discípulos directos de Karl Christian Friedrich Krause. Éstos exponen los idearios de Krause, como son: la igualdad de la mujer y el hombre, la creación de una federación mundial de países, la admiración por las instituciones republicanas de la constitución de EE. UU., la democratización del Estado, la importancia de la enseñanza de la niñez –a la que considera un fin en sí mismo y no una etapa de la vida humana– y la renovación científica de las instituciones universitarias. Diversos catedráticos de Derecho, Filosofía y Letras y otras disciplinas han iniciado esa renovación universisitaria española de acuerdo a la llamada de Sanz del Río, tales como Francisco Giner de los Ríos, Rafael María de Labra, Segismundo Moret, entre otros. También se dedicarán, a través de la Institución Libre de Enseñanza, el Instituto–Escuela y otros organismos públicos y oficiosos al mejoramiento de la enseñanza escolar pre-universitaria. El clima renovador en ciertos sectores revolucionarios, que iniciaran en 1868 y culminaran en años posteriores, le darán un giro radical al sistema educativo. El rector Fernando de Castro fundará la Asociación para la Enseñanza de la Mujer, a cuyas conferencias dominicales en 1869 asistirá Hostos. Éste se someterá voluntariamente, una vez fuera del claustro universitario, a un programa enérgico de mejoramiento intelectual. Hostos, quien abandona los estudios es, sin embargo, un estudioso disciplinado y consecuente por medio de los estudios libres y por su cuenta. Sobre las causas y el enigma –uno de los diversos que le rodean– de su apartamiento de la universidad se han elaborado, muchos años después, excusas y teorías para justificarlo, e. g.: que no deseaba recibir un diploma de una monarquía; que los abandonó para servir la causa de la independencia puertorriqueña (en 1857 era idealista, de 18 años, y será autonomista hasta 1870 cuando cambia de ideología, ya fuera de España). No pueden ser esas las razones, porque Hostos nunca fue separatista o independentista entre 1857 y 1869. Su formación libre, por su cuenta, fue rigurosa y fructífera, pues no sólo visitaba la sala de lecturas de la biblioteca ateneísta, sino también la nutrida Biblioteca del Ateneo era muy frecuentada por él. Así como otros patronatos, como la biblioteca de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación y la Academia Matritense de Jurisprudencia y las librerías de Madrid, como la Librería Durán, donde pasaba horas. Tuvo la sagacidad de continuar vinculado con el catedrático Sanz del Río, quien los domingos en su casa reunía un abundante grupo de interesados en conversar y escucharle sobre sus disquisiciones filosóficas. Lo que se ha llamado el Círculo Filosófico de la Calle de Cañizares. Lo que en sistemática curricular y docente perdió Hostos al abandonar las aulas universitarias, lo recuperó por sus continuos estudios libres. Su método era estudiar y apuntar en cuadernos notas que le servían de repaso, que luego volvía a estudiar y a meditar. Como para trabajar escogió el periodismo –entonces eran muy abundantes los periódicos y revistas que ofrecían oportunidades para laborar como redactores, colaboradores y realizar otras tareas aliadas– formó parte de la masa de periodistas que trabajaban en esa industria de la información y de las ideas. Todo ello compaginado con su interés en la política y en la política partidista. Es por estas razones y, también –por que no decirlo– por su forma de ser, que interesado en el destino de Puerto Rico –ya Cuba ardía en la recién iniciada revolución republicana de los diez años– se desvincula de los revolucionarios liberales de 1868 y se traslada a París, y de allí a Nueva York. Su ideario se transforma de autonomista del modelo canadiense a separatista-independentista en 1870, en esta gran ciudad.

Se marchará a la América Latina donde sufrirá diversas transformaciones y adquirirá su vocación pedagógica y su amor por la ciencia jurídica, especialmente por la docencia del Derecho. De todas sus estadías suramericanas, creemos que dos fueron determinantes: el Chile ante bellum y Venezuela. En Santiago de Chile conoce a José Victorino Lastarria y a una pléyade de intelectuales y estudiosos que le impactarán su visión de vida. Es Lastarria un entusiasta agitador cultural y animador de numerosas iniciativas literarias, filosóficas y jurídicas. Hostos tiene la oportunidad de ser acogido por la familia Lastarria y conversar con este jurista y catedrático universitario, quien comparte ideas positivistas y de otra naturaleza con Hostos. Lastarria le invita a pertenecer como fundador de la Academia de Bellas Letras donde la intelectualidad chilena aporta ideas y conferencias renovadoras, entre éstos Valentín Letelier, Jorge y Juan Enrique Lagarrigue. Allí Hostos pronuncia su conferencia sobre la educación de la mujer. Ciertamente, la permanencia de Hostos en Chile en los años 1872 y 1873 y su envolvimiento con la vibrante comunidad intelectual de ese momento, aportó nuevas perspectivas a su formación. De allí irá a la refinada República Argentina, donde conocerá al jurista y estudioso Florentino González, quien le ofrece sus consejos, sus libros y su importante obra Lecciones de Derecho Constitucional. Es otra etapa ascendente hacia la docencia jurídica. Será en Venezuela donde ocurrirán hechos importantes en relación con su carrera de maestro y científico de la pedagogía. Allí obtendrá la dirección de una institución académica y se iniciará en la enseñanza. Asentado ya en la República Dominicana, Hostos logrará, por su obvio talento y talante de maestro, fundar con la ayuda de dos destacados dominicanos, el doctor Federico Henríquez y Carvajal y el Monseñor Fernando Arturo de Meriño, rector del Instituto Profesional de Santo Domingo, Presidente de la República y Arzobispo de Santo Domingo, la Escuela Normal. Ambos tienen fe en las capacidades, la ética personal y la dedicación al trabajo de Hostos. Es por ello que le respaldarán en la administración de la Escuela Normal, y se le designa como catedrático de Derecho constitucional y penal y de economía política del Instituto Profesional, que tiene rango universitario. A la misma vez es rector de la Escuela Normal. Hostos estableció escuelas normales adicionales en otras provincias, fundó una escuela nocturna para trabajadores y, con Salomé Ureña, creó una escuela normal para mujeres. Es en esta etapa de su vida, 1879 a 1888, donde se sintió muy feliz con su trabajo pedagógico y su docencia jurídica. Quede claro que, aunque carece de títulos en estas disciplinas, Hostos estudia las mismas y las domina, y las reelabora. En 1887, año cumbre de sus aportaciones, se publican las Lecciones de Derecho Constitucional, único libro de un puertorriqueño en el siglo XIX, producto de la enseñanza del Derecho. Su metodología es a base de conferencias, pero también usa el método socrático, pues Hostos es hombre muy dado a la conversación dedicada a explorar los conocimientos de sus estudiantes. Sus saberes jurídicos estaban imbricados con la sociología y la moral, por lo tanto, su cátedra es interdisciplinaria. Intelectual de múltiples lecturas gusta de interrelacionarlas logrando efectos nuevos de lecturas sabidas y conocidas. No gusta de la memorización, sino del razona-miento, la deducción, el uso del método dialéctico, con el propósito de comparar, desmenuzar y explicar la materia que comparte con sus estudiantes. Como en la Escuela Normal usa métodos de la ciencia pedagógica y está dirigida a futuros maestros normalistas, su cátedra universitaria se enriquece con muchas dimensiones y experiencias.

Ciertamente, el esfuerzo que Hostos realiza en ambas dimensiones (Escuela Normal, dirección y docencia) y en el Instituto Profesional, demandan una dedicación y un gran esfuerzo. Está sujeto a evaluaciones y supervisiones, y no está exento de críticas. Éstas son especialmente en el área de sus creencias positivistas. Sin embargo, se reconoce su labor y su obra docente; no podemos menos que reconocer sus serias aportaciones a la educación, porque él mismo las tomó en serio y dio lo mejor de sí. Creyó que la revolución educativa era la única que no se había hecho en Santo Domingo. Así lo expresó en su discurso de graduación de los primeros normalistas. Le ha respondido, modernamente, Juan Isidro Jiménez Grullón en su libro Sociología política dominicana. 1844-1966. Veamos las palabras de Hostos: Todas las revoluciones se habían intentado en la República Dominicana, menos la única que podía devolverle la salud. Estaba muriéndose de falta de conciencia de su conducta y no se le había ocurrido restablecer su conciencia y su razón. A lo que Jiménez Grullón, quien difiere de Hostos, planteó que: Si la República agonizaba no era por falta de conciencia en su conducta, sino porque, dividido su pueblo en clases sociales y acusando una formación social atrasada, revelaba el predominio de una clase social que, obedeciendo a su propia razón y plena conciencia de su conducta que siempre estuvo al servicio de sus intereses, había hecho del resto del país la victima principal de la explotación y el atraso. Más allá de estas cuestiones, el tener como docente a una persona de la calidad moral, imbatible ética e inteligencia fértil como Hostos, constituía una oportunidad única para fortalecer las aportaciones educativas dominicanas. Ello, sin contar con la seriedad con que dicho maestro abordaba sus obligaciones docentes. Obsérvese que sus discípulos lo fueron para siempre, pues calibraron el estilo y el amor por la docencia que tenía y exponía. Estos años dominicanos fueron siempre recordados por Hostos como una de sus mejores experiencias. En ello tuvieron mucho que ver tres grandes dominicanos, don Federico Henríquez y Carvajal, eventualmente Presidente de la Corte Suprema de la República, el General Gregorio Luperón y el Monseñor Meriño, quien fue párroco de Guayama, Puerto Rico, y ocupó las más altas magistraturas civiles y eclesiásticas. Los tres, juzgadores de hombres, supieron que Eugenio María de Hostos era un hombre completo que tenía puesta la mirada y dirigía su quehacer hacia la formación de sus estudiantes en los más altos ideales que conforman un ser humano digno, solidario y deseoso de cumplir sus deberes para consigo mismo y para con la patria y la Humanidad.

Ese novenario de años en Santo Domingo –los más felices– donde se encontraba satisfecho y se sentía apreciado, acabarán bruscamente. Se marchará Hostos de la República Dominicana, pues se inicia la dictadura de Ulises Heureaux (Lilis) y, aunque no le afectan personalmente esas políticas, su ética personal le impone ausentarse; no puede respirar ese aire de tiranía que vive su amado país. No puede estar donde se conculcan las instituciones y se reprimen personas. Se marcha hacia Chile. Los recuerdos son buenos; el país, progresista, y conoce a su gente. Sin embargo, el Chile post bellum difiere del que conoció a principios de los setenta (1873), pues ya ha muerto Lastarria, y después de la guerra con Perú, el ambiente es distinto; no observa la antigua solidaridad. Le designan rector del Liceo de Chillán, y luego le trasladan a un Liceo en Santiago de Chile, el Amunátegui Solar. El Ministro de Justicia e Instrucción Pública, Julio Bañados Espinosa, interesa incorporar la Sociología al plan de estudios de Ciencias Legales y, a esos efectos, Valentín Letelier inicia los procesos que devienen en un debate público. Hostos, recién llegado, participa. Aunque no se aprobó esa iniciativa, la Sociología, disciplina cultivada por Letelier en Chile y por Hostos en Santo Domingo, está en la palestra. En 1891 se endurece la situación pública con la guerra civil entre el Presidente Juan Manuel Balmaceda y el parlamento, que termina con la victoria en el campo de batalla del último. Hostos y su familia pasarán allí unos nueve años. El rector Luis A. Riveros recuerda la obra pedagógica del mayagüezano universal al cumplirse cien años de su muerte, 1903-2003. Nos dice:

De Hostos y el Liceo Amunátegui

El 18 de abril de 1888 Eugenio María de Hostos es nombrado rector del Liceo de Chillán, con el objetivo principal de incorporar al sistema educativo nacional el concepto de sistema educacional concéntrico o evolutivo. En mayo de 1890 y en virtud de las expectativas derivadas de su encomiable gestión como Rector del Liceo de Chillán, el presidente don Manuel Balmaceda y el ministro Bañados crearon en Santiago el Liceo Miguel Luis Amunátegui, nombrando como su primer rector a Eugenio María de Hostos y Bonilla, ampliando de esa forma las fronteras y posibilidades de acción del educador puertorriqueño.

En ese período, De Hostos, además, asume la cátedra de Derecho Constitucional en la Facultad de Leyes de nuestra Casa de Estudios y participa activamente en la conformación de la enseñanza de la sociología en nuestro país que, finalmente, se transformaría en la segunda Cátedra de Sociología incluida en el mundo e impartida en nuestra institución universitaria.

En 1891, Chile está en vísperas del triste episodio de la guerra civil que culminará con el dominio de la oligarquía desde el Congreso hasta 1920. De Hostos intentó abrirse camino en este nuevo escenario y continuó trabajando hasta que abandona definitivamente el país en 1898. La fundación del Liceo Miguel Luis Amunátegui tenía por objeto dar la infraestructura necesaria para plasmar los conceptos e ideas que adopta el gobierno de Chile sobre la educación. Durante este período, el gobierno le dio un impulso definitivo a la enseñanza profesional y a la enseñanza secundaria, a través de la fundación de varios liceos en Santiago y provincias, lo cual trajo consigo la aprobación del Plan de Enseñanza concéntrica en enero de 1889, proyecto impulsado por un grupo de pedagogos alemanes contratados por el gobierno y por Eugenio María de Hostos. Esto iba a revolucionar el sistema educacional, particularmente en la enseñanza media y superior, actividades que hasta aquel entonces eran sólo complementarias a la educación primaria y que carecían de conocimientos pedagógicos avanzados en su aplicación.

De acuerdo a la Ley, el rector de la Universidad de Chile de la época, doctor José Joaquín Aguirre, conformó una terna para elegir al rector del recién creado Liceo Amunátegui, el cual por su ubicación en Santiago atendería las necesidades de la creciente clase media urbana de la expansiva zona centro oeste de la capital. La lista la componían Eugenio María de Hostos, rector del Liceo de Chillán; Julio Pizarro, rector del Liceo de Ancud y Bernardino Quijada, rector del Liceo de Rancagua. Finalmente, De Hostos fue elegido, seguido por Quijada y Pizarro en el mismo orden. En consecuencia, el 20 de marzo de 1890 se nombra a De Hostos como rector del Liceo Miguel Luis Amunátegui.

El nuevo establecimiento comenzó a funcionar en marzo de 1890. Contaba con tres cursos de preparatorias y un primer año de humanidades con una matrícula total de 108 estudiantes. Sin embargo, la alta deserción escolar para rendir los exámenes, hace que De Hostos proponga reglamentar la formación educacional en dos grados y que la ley obligue, por lo menos, la permanencia del alumno en el Liceo hasta terminar tercer año, de manera tal que el alumno consiga un título al final de este período de tres años y que este último sea requisito para continuar la enseñanza técnica en las Escuelas de Artes y Oficios, de Minería práctica o de Agricultura. Liceo del Estado, rezaba el título incluido en parte de su fachada y pasaría a ser luego el No 2 de Hombres de Santiago, todo un símbolo del compromiso que adquiría el Estado con la formación integral de las nuevas generaciones.

Para esa época, De Hostos, además de su tarea administrativa como rector del Liceo, tenía a su cargo las clases de castellano e Historia y Geografía en el mismo establecimiento y la cátedra de Derecho Constitucional en la Facultad de Leyes de la Universidad de Chile. Tanto como maestro y rector-administrador, De Hostos vislumbró una serie de dificultades para implementar de buena forma la reforma en el Liceo. Los textos de estudio eran escasos y no contenían el apoyo necesario para el nuevo enfoque educacional. Asimismo, la alta demanda y el continuo aumento del número de matriculados hacían imposible recibir a todos los alumnos que postulaban para ingresar. De este modo, en 1895 la matrícula total excedía los 250 estudiantes, los cursos se conformaban con número superior a 60 o incluso 70 alumnos por aula, lo que sin duda era un obstáculo significativo para ejercer adecuadamente la labor docente.

A más de cinco años de funcionamiento del Liceo Amunátegui, aún no se concretaban los cambios necesarios en la educación para reformular la enseñanza media, aún la deserción en segundo y tercer año era significativa, y la falta de espacio físico entorpecía la labor docente. De Hostos plantea entonces la necesidad de crear "rutas de estudios" dirigidas "hacia la vida real, hacia la indus¬tria", o "hacia la Universidad, hacia la política tradicional" para así orientar de mejor forma a la juventud al momento de decidir sobre su futuro educacional. Hacia 1896 la matrícula del Liceo Amunátegui sobrepasaba los 290 estudiantes. Con la esperanza de implementar cursos paralelos para el período escolar de 1897, De Hostos aumentó la matrícula a 357 alumnos, situación que no autorizaría el gobierno. De esa forma las posibilidades de enseñanza eran "antipedagógicas e ineficaces" al decir de De Hostos, debido a la falta de coopera¬ción y a las imposiciones del gobierno, el viejo luchador no dejaba de dar esto¬cadas en defensa de sus creencias firmes y nobles.

Para defender la solidez de la enseñanza, De Hostos sugiere al Ministro de Educación la separación de la enseñanza primaria de la secundaria, porque para él representan secciones distintas del proceso educativo que se verían benefi¬ciadas si contaran con una gestión particular y dedicación exclusiva, aunque sólo fuera para mejorar la administración de cada una de ellas. Esta fue una idea de fundamental importancia para el desarrollo futuro de la educación chi¬lena, y es una idea que hasta nuestros días está vigente a pesar de las reformas que han ido en el tiempo consolidando la educación básica y media como un solo cuerpo.

Producto de las diferencias y el escaso apoyo otorgado por el Gobierno, las relaciones entre De Hostos y la autoridad de la educación se fueron deteriorando. A raíz de una situación particular de defectos en la redacción de los certificados de exámenes de dos estudiantes, el Consejo de Instrucción Pública le recomendó al Rector de la Universidad de Chile solicitar explicaciones sobre el particular incidente, que se había reiterado en más de una oportunidad. El De¬cano de la Facultad de Humanidades, comisionado por el Rector de la Universidad de Chile, realizó una visita de inspección, recopiló información y datos sobre la gestión en el Liceo. De igual forma, llevó a cabo una visita para informarse sobre el funcionamiento de las clases y solicitó al Rector De Hostos que expusiera por escrito sus ideas sobre innovaciones en materia de exámenes y programas. De Hostos quedó satisfecho con los resultados de la visita del Decano por lo que confiaba que el informe que se entregaría al Consejo de Instrucción Pública traería el apoyo que el Liceo Amunátegui tanto requería. Sin embargo, pasados los 15 días de la inspección del Decano, se le informó que el Consejo de Instrucción Pública había acordado solicitarle la renuncia. Finalmente, en abril de 1898, mediante el Decreto 625 el Consejo de Instrucción Pública acepta la renuncia que hace Eugenio María de Hostos a los cargos de Rector y profesor de Castellano (ya había declinado a sus clases de Geografía en 1896) del Liceo Miguel Luis Amunátegui. Nuevamente se había practicado con total descomedimiento el co¬nocido sistema del "Pago de Chile".

De Hostos y el Instituto Pedagógico

Pero la otra destacada labor de De Hostos en Chile se refirió a su rol en la creación y funcionamiento inicial del Instituto Pedagógico de la Universidad de Chile. Respondía esta idea a la misma inspiración con que Montt diese nacimiento a mediados de siglo a la más formidable iniciativa educacional de que tenga memoria nuestra América, como fue el haber atacado simultáneamente el acceso a la educación primaria, la formación de profesores, el desarrollo de la educación en artes y oficios y la conformación de una Universidad para el Estado de Chile. La necesidad de formar profesores al nivel requerido, como de llevar adelante la investigación educacional que se requería para definir la iniciativa educacional inherente a la conformación social y económica del país, tuvo su expresión en el proyecto desarrollado al amparo de la Universidad de Chile y constituyera una verdadera apuesta del Estado Nacional al traer a profesores extranjeros para acelerar el proceso de maduración de la nueva institución universitaria.

En efecto, la última década del siglo XIX, el Consejo de Instrucción Pública de nuestro país debía implementar la reforma educacional establecida el 10 de enero de 1889, que introducía el método concéntrico. Para ello contrató a dis¬tintos educadores europeos, principal-mente alemanes, quienes tuvieron un destacado papel en la reforma. Académicos como los Doctores Federico Johow, botánico; Alfredo Beutell, químico; Augusto Tafelmacher, matemático; Juan Steffen, historiador y geógrafo; Rodolfo Lenz, profesor de lenguas vivas; Federico Hanssen, filólogo y Jorge Enrique Schneider, junto a los chilenos Domingo Amunátegui Soler y Enrique Nercasseaux y Morán, formaron el primer cuerpo docente del Instituto Pedagógico de nuestra Casa de Estudios, fundado en agosto de 1889. La contratación de De Hostos en ese mismo período como Rector del Liceo de Chillán y su posterior traslado al Liceo Miguel Luis Amunátegui, dan cuenta del interés del gobierno en esta reforma y la consideración sobre la figura de De Hostos como educador.

Así lo señala la historia. Efectivamente, el 16 de noviembre de 1894, en Santiago, en el Salón de Honor de la Bolsa Comercial, se inauguró el Centro de Profesores de Educación Secundaria, instancia que De Hostos dirigirá al año siguiente (1895) por su destacada labor docente y sus numerosas publicaciones sobre pedagogía. Este centro tuvo como objeto fomentar el estudio de la pedagogía, difundir los mejores métodos de enseñanza y articular a los académicos de la instrucción secundaria en el conocimiento de los nuevos métodos de educación impulsados por la reforma. En esta reunión participaron distinguidos académicos e intelectuales nacionales presentando ponencias para hacer un llamado a la reflexión y para asumir una posición de vanguardia en la educación nacional.

El discurso de apertura lo realizó Eugenio María de Hostos, quien presentó fundamentos pedagógicos que bien podrían estar dirigidos a solucionar la problemática actual de la educación chilena. De esa forma, las bases psicológicas, sociales, morales y pedagógicas sobre las cuales debe estructurarse la educación nacional y la educación secundaria, de Hostos, las plasmaba como la principal tarea que deberían asumir los profesores secundarios en la transformación de la educación del país. Para De Hostos, los docentes deberán concentrar sus esfuerzos en la metodología para implementar el cambio en la educación pública de nuestro país, para así aunar la experiencia conjunta de los miembros del centro, de los nuevos maestros europeos y de los profesores chilenos para re¬formar y mejorar la educación nacional en coordinación con los organismos gubernamentales de la época.

Sin embargo, para De Hostos es necesario recordar que la doctrina pedagógica antecede al método y eso es un imperativo imprescindible de ponderar en el proceso de reforma. En ese sentido, De Hostos señala que instruir es "educar el entendimiento". Educarlo es ponerlo en actividad, en "movimiento funcional" para que la actividad intelectual se "dé con toda su salud, energía y vigor". Para él, la metodología adecuada es este método evolutivo porque está subordinado al desarrollo, "porque está fundado en el mismo funcionar de la mente humana", de la razón y por cuanto todos los procesos metodológicos convergen al desarrollo de la razón. En consecuencia, todos los esfuerzos estarán dirigidos al "desarrollo normal y gradual, sano y efectivo del entendimiento".

Estos son los principios que la reforma abraza como objetivos. Llevar al estudiante por una ruta que comienza en el conocimiento intuitivo que el niño trae desde la preparatoria para que a través de la inducción y al final de los dos ciclos o círculos de conocimientos pueda llegar de la deducción al conocimiento positivo.

A pesar de las importantes aportaciones de Hostos a la educación y a la pedagogía en Chile, el Consejo de Instrucción Publica de ese país lo cesó en el cargo a fines en abril de 1898. Como la guerra entre España y Estados Unidos había comenzado el 21 de abril de ese año, el Maestro decidió en junio marcharse hacia Venezuela, para desde allí trasladarse a Nueva York e intentar participar en los procesos que afectaban su patria. En septiembre de 1898, ya invadido Puerto Rico, se traslada Hostos a su patria, de la cual ha estado ausente casi cincuenta años. Establece en Mayagüez una institución educativa privada regenteada por él, pero no tiene buena acogida. Las autoridades norteamericanas interesan iniciar un enérgico programa educativo para imponer el idioma inglés y norte americanizar a los puertorriqueños. El Gobernador Guy V. Henry designa una Junta educativa, auspiciada por el Gobierno militar, para iniciar esas reformas. Hostos es excluido de los planes de instrucción pública que perfilan los norteamericanos para Puerto Rico. Ello a pesar de su gran valía como educador y pedagogo. Esas autoridades no interesaban la pedagogía hostosiana, que está imbricada en la libertad personal y colectiva y que defiende la independencia de carácter, la lengua castellana y los ideales latinoamericanos. Los dominadores norteamericanos, por el contrario, desean obliterar la lengua natural de los puertorriqueños, implantarles su cultura para americanizarlos y continuar la dependencia colonial de Puerto Rico. Como en nuestra isla los puertorriqueños en esos momentos de tribulación no siguen sus enseñanzas cívicas, decide ausentarse para siempre.

Hostos se marcha de Puerto Rico en enero de 1900, pues han asesinado al tirano Lilis, y el nuevo Presidente Horacio Vázquez, el doctor Federico Henríquez y Carvajal, el Arzobispo Meriño y sus discípulos le reclaman en su otra patria, la dominicana. El Maestro acepta volver a disfrutar de la dominicanidad y recomenzar su docencia interrumpida. Vuelve a la instrucción pública desempeñando altos cargos ministeriales educativos, reverdeciendo y lleno de ilusiones y entusiasmo recorre el territorio de la República. Ciertamente, es maestro aquél que, más allá de los conocimientos que transmite y domina, es quien inspira, estimula y enamora a los estudiantes con los saberes permitiéndoles, si olvidan las materias enseñadas, recordar y atesorar el estilo, el talante, la dedicación y el amor que despliega su maestro para con ellos, transmitiéndoles de generación en generación su entusiasmo y veneración por los estudios, que les harán mejores seres humanos. Eso hizo Hostos y, por ello, y por sus luchas por la libertad, don y condición, la más preciada, le recordamos y veneramos su memoria y preceptos contenidos en sus escritos.

Hemos de terminar con unas palabras del rector Riveros:

A modo de conclusión

El recorrido por la vida de Eugenio María de Hostos constituye una enseñanza en todo el amplio sentido del concepto. Se trata de una vida de esfuerzo y consecuencia, que enseña respeto por las ideas y las convicciones de un hombre que edifica sus principios a partir de la vivencia de la injusticia y de lo inapropiado de las formas de organización de la sociedad. De Hostos es el hombre que aguerrido defiende sus ideas, organiza acciones en torno a ellas y logra encabezar y empujar acciones de todo tipo conducentes a la reafirmación de principios y doctrinas. Pero al mismo tiempo, De Hostos es el educador insigne que se preocupa por el legado a las futuras generaciones; se da cuenta que nada es sostenible si no entra con fuerza y decisión en la mente y en las convicciones de los más jóvenes. Distinto al débil pragmatismo de nuestros días, para él importaba cómo sentían los jóvenes, cómo adherían a las tenden¬cias sociales manifiestas y cómo podían proyectarse las mismas en base a su propia visión y las convicciones que de ellas surgieran. De Hostos fue el defen¬sor del ideario libertario y humanista, pero también el propugnador de la enseñanza para las nuevas generaciones. No se conformó con convencer en el círculo del auditorio presente, sino que quiso proyectar su acción en el tiempo. Para ello, existía entonces una visión política que envolvía al Estado en la aventura maravillosa e indispensable de educar para crecer la sociedad en un sentido integral.

El homenaje a De Hostos es, de alguna manera, esta mirada con respeto al ideal republicano de libertad y mejoramiento institucional permanente en el tiempo. Es un homenaje a la visión de Estado que envuelve, en tanta medida indispensable, la visión sobre educación e integración de todos al proyecto nacional. Es un homenaje a la visión que la democracia es, al fin y al cabo, menos una participación formal en actos de gobierno, una decidida agenda para que las personas se informen, opinen y construyan la sociedad que se quiere. Es un homenaje al hombre consecuente, al educador inestimable, al autor del ideario educacional que inspiró el crecimiento de la educación pública chilena, al hombre sencillo y brillante que adorna a través de los tiempos los sueños alcanzables del humanismo más puro y de la edificación continua de la mayor dignidad humana.

Sin reserva alguna, recomendamos el libro La Educación en el ideario de Hostos del catedrático universitario y estudioso hostosiano, el doctor José Miguel Rodríguez Matos.