Salón, 218 LPM (EG); Créditos, 3; Días, K y J; Hora, 7:00-8:20 a.m.; Curso, Humanidades 101. Así figuraban (en orden inverso) en mi programa (impreso en cartoné blanco con letras negras y el logo de la Universidad color rojo en la parte superior izquierda, que guardé por 19 años) los datos de mi primera clase como estudiante del recinto de Río Piedras de la Universidad de Puerto Rico. Fue el martes 16 de agosto de 1966. No fue un día cualquiera en mi mundo. Porque en el Orden del Universo se fraguaban propósitos ulteriores inadvertidos. Así lo confirmó mi historia. Aún recuerdo las emociones, preocupaciones e incertidumbres del momento, triviales quizás para algunos o algunas, pero importantes en mi momento existencial: ¿Será éste el edificio?, ¿Será éste el salón?, ¿Será un profesor o una profesora (su nombre no aparecía en programa)?, ¿Será buena gente?, ¿Cómo me irá?, ¿Terminaré una carrera? Fueron esas sencillas preguntas, entre otras, las que me obligaron a estar a las 6:30 a.m. en el solitario pasillo del edificio Luis Palés Matos, entonces Facultad de Estudios Generales. Incrementó mi incertidumbre de jibarito tímido cuando pasadas las 6:45 a.m. nadie asomaba por los alrededores. No fue hasta después de las 6:50 a.m. que comenzaron a llegar los primeros compañeros y compañeras de clase. En cuanto se acercaban "les entrevistaba" para corroborar si los datos de su programa coincidían con los del mío. Seguro de mi ubicación y un tanto más relajado (o menos tenso, quizás), entré al salón.

A las 7:00 a.m. en punto llegó la profesora: joven, bonita, de estatura media, de tez blanca, vestido sencillo color crema, de voz agradable, de hablar pausado y bien articulado, de trato afable y sonriente. No recuerdo otros detalles de su presentación inicial, pero recuerdo claramente los libros que asignó una vez repartió el prontuario del curso: La Ileada, La Odisea, El Poema de Mío Cid y el libro de Job. La asignación redujo dramáticamente mi incertidumbre, pues los había leído en la Escuela Superior Dra. María Cadilla de Martínez, en Arecibo, en el curso de Humanidades que ofreció el profesor Manuel Maldonado Rivera y la profesora Gladys Pagán de Soto en el proyecto de los Grupos Especiales. Él y ella, entre muchos otros prominentes intelectuales del magisterio puertorriqueño, fueron maestros y maestras en aquél fallido plan (Este fue una bien intencionada idea de nuestro prestigioso educador Don Ángel Quintero Alfaro, pero desvirtuada por los implantadores del proyecto en las distintas regiones, a pesar de haber seleccionado maestros y maestras de primer orden. En virtud de aquél mal interpretado programa, nunca perdoné que tuviese que vender mi primer caballo, regalar mis pollos y gallinas ponedoras, mis cerdos, mis conejos y abandonar mi siembra de habichuelas blancas y maíz -actividades que, además de estudiar y trabajar en el colmado de mi padre, caracterizaban mi vida desde mi pre adolescencia- para sólo estudiar, estudiar y estudiar. Aquella experiencia fue, para mí, enajenante, netamente académica, academicista y academizante. Sostengo la hipótesis de que quienes tuvieron éxito en sus estudios universitarios posteriormente, lo hubieran tenido aún no habiendo participado del Programa. Peor aún, de nada sirvió el Programa para quienes no lograron ese éxito).

La clase terminó puntualmente a las 8:20 a.m. Los alumnos y alumnas abandonaron el salón. Permanecí sentado a solas unos momentos. Me levanté. Caminé hasta las ventanas. A través de ellas observé detenidamente el paisaje del Cuadrángulo: la Torre, el Teatro, el edificio Janer, el edificio del Registrador, los jardines y el fluir de la gente en todas direcciones. Fueron segundos mágicos para mí: Me enamoré de la Universidad en aquel instante. Allí reafirmé el compromiso hecho en séptimo grado en mi escuela Manuel Ruiz Gandía del barrio Dominguito un día de infantil reflexión: Quiero ser maestro; e hice un nuevo compromiso: Voy a venir a enseñar en esta universidad.

Abandoné el salón. Me dirigí al Cuadrángulo. Me senté en un banco entre el Teatro y la Torre. Observé de cerca el panorama. Medité un rato. Pasó una joven y le pregunté dónde estaba ubicada la oficina de la Tuna. Me indicó que era en el Centro de Estudiantes. Fui hasta allá. Solicité ingreso. Me admitieron. Y ya nunca dejé, ni dejaré, de ser tuno ni de sentir la alegría que ello supone.

Terminé el Bachillerato en Educación en Biología y Matemática. Luego hice un certificado de treinta créditos en Matemática y Física, auspiciado por la Fundación Nacional de Ciencia. Fui maestro de matemáticas en escuelas públicas de mi natal pueblo de Arecibo, profesor en la Universidad Interamericana, maestro en Chicago y director de escuela. Realicé mis estudios de posgrado de maestría en la UPR y de doctorado en la Universidad de Loyola en Chicago.

El miércoles 16 de agosto de 1985, diecinueve años después de mi primera clase como estudiante, regresé al Recinto de la UPR a enseñar mi primera clase como profesor en el Programa de Administración Educativa del Departamento de Estudios Graduados de la Facultad de Educación.

Pero ese día sucedió una coincidencia extraordinaria que cualquier universitario o cualquiera universitaria (pienso yo) hubiera deseado haber vivido o desearía vivir. Entusiasmado con la nueva experiencia académica que habría de comenzar, llegué al Departamento de Estudios Graduados, recogí mi programa, y me dirigí al segundo piso de la Facultad de Educación donde entendí estaba ubicado el salón. Lo busqué. No lo encontré. No existía un salón con el número asignado. Un poco ansioso porque se acercaba la hora de la clase (que era a las 4:30 p.m.) regresé al Departamento a corregir lo que era para mí un error obvio. Me atendió "El Jefe" Ortiz, entonces director: No, no, no, muchacho -me dijo- eso no es aquí. Debido a la escasez de salones en la Facultad, esa clase hubo que echarla pa´llá, pa´ Humanidades, en el edificio del lado. Salí de inmediato. Avancé hasta dicho edificio. Subí al segundo piso. Mientras caminaba por el pasillo, leía los números de los salones en orden descendente. Me detuve frente al salón. Miré el número. Me paralicé unos instantes. Fue entonces cuando advertí la extraña coincidencia: Era el salón 218 LPM. 
 
 Cualquier intento mío por explicar verbal o gramaticalmente las emociones de ese momento carecería de fidelidad porque fueron segundos indescriptibles. Pero sentí una conmoción interna impetuosa tal, que generó en mí una inspiración singular para dar aquella clase. Aún recuerdo el fervor de la discusión participativa y profunda. La reflexión inicial giró en torno a un cuatro puertorriqueño que intenté una vez construir, cuyo proceso me tomó muchos años. El instrumento nunca sirvió, nunca lo pude afinar y nunca entonó una canción. Lo llevé a la clase ese primer día. Sólo quería demostrar a los estudiantes que ser aficionado de la música y saber, de oídos, un poco de ésta no nos hace artesanos, como tener algunos conocimientos no nos hace directores o directoras si carecemos del ingenio o el arte que demanda esta difícil tarea. 
Terminada la clase, Los alumnos y alumnas salieron del salón. Permanecí sentado a solas por unos momentos. Me levanté. Caminé hasta las ventanas. A través de ellas observé detenidamente el paisaje del Cuadrángulo: la Torre, el Teatro, el edificio Janer, el edificio del Registrador, los jardines... Reflexioné profundamente. Y disfruté la plenitud de aquel momento. Entonces entendí por qué en dos ocasiones anteriores tuve la oportunidad de enseñar en la UPR, y no acepté: No eran mis momentos en el Orden del Universo. Elevé una plegaria. Di gracias al Señor por esa "extraña coincidencia". Me afligí. Lloré. Limpié mis lágrimas. E hice otro juramento: Voy a trabajar para merecer este momento. Y emprendí una larga trayectoria de crecimiento en la cual aprendí a amar la Universidad y su gente. Y nunca perdí el entusiasmo ni la mística por enseñar en sus aulas. ¡Y fui feliz! E intenté con denuedo hacer feliz a otros y otras.

En mi mundo, el aula 218 LPM cobró un significado singular: Trascendió de la concreción a la abstracción; Dejó de ser aula para ser espacio de inspiración; Se transformó de experiencia irreversible en sueño posible, pero, paradójicamente, también dejó de ser posibilidad para convertirse en realidad; Se mutó de ilusión en proyecto, de proyecto en vivencia, de vivencia en plenitud; Dejó de ser un momento para convertirse en historia; Dejó de ser el escenario incierto del jibarito tímido para convertirse en la musa de un proyecto de vida de un enamorado del magisterio, de la Universidad, de la vida y, como dicen mi amiga y amigo costarricenses, Alicia y Jacinto, un enamorado del amor.

De esas profundas experiencias partieron la mística que caracterizó mi cátedra, mis posturas, mis humildes aportaciones, mi ferviente rechazo e indignación por las luchas internas por el poder y la gloria, así como mi afán por mantenerme distante de ellas, afirmando mi identidad propia. Advertí e interioricé, con el paso del tiempo, por qué para Hostos la escuela era templo y el magisterio, un ejército; por qué para Freire enseñar [y administrar] son actos de amor; por qué para Ortega y Gasset la universidad es el escenario idóneo para la plena realización del ser; por qué para Chomsky es tan importante el papel de los intelectuales de asumir posturas, decir la verdad y denunciar la mentira. Por otro lado, advertí la incongruencia de separar lo profesional y lo personal del escenario donde cobran forma. Así, mi experiencia magisterial y universitaria reafirmó mi valor de la amistad, como yo la defino y cultivo, porque conocí amigos y amigas de singular calibre. Cabe advertir a ellos y ellas que ni antes ni ahora ni nunca, dejarán de serlo porque entre sí no lo sean y los separen discrepancias sustantivas o triviales. Aprendí a amarles tal como son, a nutrirme de sus virtudes, sin capitalizar sus debilidades, intransigencias o errores obvios, y sin diluirme en estas últimas. Lo cierto es que el amor, respeto y compromiso puestos en mi ministerio universitario, no me pudieron librar del ensañamiento inútil: ¡No obstante! Quienes no me entendieron, se perdieron -sin modestias- un gran amigo.

El jueves 30 de noviembre de 2006 fue la última clase de mi último curso, Ideas pedagógicas de Eugenio María de Hostos. El día anterior fue el concierto del cuarenta y cinco aniversario de la Tuna en el Teatro, en el cual tuve el privilegio de participar. ¡Vaya regalo de despedida! Mis estudiantes: Mayra, Dinorah, Iván D. Oscar, Iván y Jaime (seis joyas de la cosecha educativa de nuestro país) me acompañaron en esa clase. Compartimos un diálogo amplio y profundo inspirado por nuestro maestro Hostos. Concurrimos en nuestras percepciones de las virtudes y los desfases universitarios. Estuvimos de acuerdo en que una universidad enajenada del mundo, al margen de los males sociales, no puede construir paz ni justicia. Entonces hicimos una propuesta a la altura de los tiempos, y a manera de moción, que ayudaría a aliviar muchos males universitarios: Que a partir de este momento la Universidad de Puerto Rico, recinto de Río Piedras, se llame, conciba y viva como la Multiversidad de Todos, Recinto del Mundo; que trascienda el regionalismo, el nacionalismo, el egoísmo, el cosismo y los pequeñismos que suelen, a veces, caracterizarla, para alcanzar al mundo. Y que la Facultad de Educación se llame, conciba y viva -como honra al Maestro que le da su nombre- Templo de la Verdad, entendida como búsqueda interminable de las más altas aspiraciones del ser individual y social, seres inconclusos para quienes "ser más" siempre sea un estado y un sueño. ¿Quién secunda?

Nuevamente, llevé mi cuatro a mi última clase, no el que no pude construir -porque no soy artesano- sino con el cual he podido construir alegría durante los veintiocho años que me ha acompañado. Entoné para mis discípulos y discípulas la danza Felices días, de Juan Morell Campos, como expresión fenomenológica del más sublime sentimiento que emana de haber militado en la más digna de todas las profesiones (Hostos).

Terminada la clase, Los alumnos y alumnas salieron del salón. Permanecí sentado a solas por unos momentos. Me levanté. Caminé hasta las ventanas. A través de ellas observé detenidamente el paisaje del Cuadrángulo: la Torre, el Teatro, el edificio Janer, el edificio del Registrador, los jardines.... Hice un recorrido mental de todo un proyecto de vida. Reflexioné profundamente por unos instantes, sonreí (creo yo) y elevé una plegaria: "Señor, gracias por mi maravillosa experiencia de haber sido lo que siempre quise ser y nunca dejaré de ser: maestro y universitario. El retiro no minará esa alegría. Perdona mis errores obvios. Permíteme ser, desde afuera, una expresión de la esencia universitaria que me nutrió desde adentro. No libré las batallas de Aquiles, Ulises, el Cid y Job, pero entendí, como ellos, que sin la persistencia de la lucha tenaz, no hay la alegría del encuentro glorioso. Canto, como Alberto Cortés: Me han podido pasar cosas malas y buenas, y el balance total ha valido la pena...'. Que esos 'extraños encuentros con las Humanidades' sean fuerza impelente para la obra que me resta por hacer, obra que siempre llevará consigo el espíritu y la esencia de: la escuela, el Departamento de Estudios Graduados, la Facultad de Educación, la Universidad (la concreta y la que nació en mí) y tanta gente impar de quienes tanto aprendí y aprendí a querer tanto. Ayúdame a perdonar e ignorar a los menesterosos y menesterosas quienes, sin haber nunca tenido discrepancias ni encontronazos de clase alguna, desvían su paso por la cera opuesta para no dirigirme un saludo.

¡Qué extraño! Aún siento las mismas emociones, los mismos sueños, el mismo deseo de aportar a construir un mundo mejor, más digno para los menos privilegiados (y los privilegiados también). Pero hay algo diferente que no logro precisar... No sé. No sé. ¿Qué será? ¡Ah!, sí, ¡ya sé!, ¡ya sé!: Esta vez llevaba puesto mi sombrero. Mientras meditaba en el salón miré hacia la Torre, me lo quité, lo coloqué sobre mi pecho, y la saludé con reverencia como muestra de gratitud y honra.

Y, por tercera ocación, disfruté la plenitud de aquél momento; esta vez de retirada, en el 2007, allí, en el mismo lugar donde comencé en 1966 y en 1985: En el salón 218 LPM.