Lo que te expreso en este escrito con razón certera, convicción profunda y sentimiento agradecido, pareciera una oda, un madrigal o una canción. Y lo es. Pero es más, mucho más, que esas formas de arte. Es un testimonio. Y quiero compartirlo con el mundo por la pasión que encierra, la que por ti siento, por esa singular relación que tú y yo hemos cultivado y vivido durante tantos años, desde mi temprana infancia y en tantos momentos tan significativos. Gracias a ti, desde que aprendí las primeras letras, nunca he experimentado la soledad; siempre he tenido tu fiel y placentera compañía, esa que sólo tú puedes dar y que todo ser humano quisiera tener, porque la necesita. En mis momentos de espera (largos o cortos) de horas o días, de soledad o compañía, de tristeza o alegría siempre has estado presente. Nunca ha habido razones para no estarlo. Pero acaso una de tus más condescendientes virtudes es que siempre has dejado tu compañía a mi discreción. Y cuando, en algunas ocasiones, inadvertidas o imprevistas, he prescindido de ti, aunque han sido escasas, la espera se ha tornado larga, aburrida e incómoda, al grado de la ansiedad, el desespero y la molestia. Lo cierto es que tu misma naturaleza exige la cercanía; no te permite la distancia. No hay forma de apreciarte sin la concentración profunda, sin tu contacto con los ojos, las manos, el aliento. Eres la mejor compañía porque no distingues tiempo, lugar, ocasión. Me hablas, desde tu elocuente silencio de tantas cosas, desde tantos ángulos. Pero una de las cosas que más me ha impresionado siempre de ti es la forma perfecta mediante la cual podemos compartir nuestros puntos de vista. Puedo diferir de ti y someterte a las más rigurosas reflexiones críticas. No obstante, siempre mantienes inmutable tu postura. ¡Vaya que pareciera terquedad¡ Aunque sé que no lo es, sino que es la razón misma de tu naturaleza. ¡Cuánto he crecido contigo! ¡Cuántos nuevos horizontes has impartido a mi mundo! Siempre has añadido nuevos saberes y has refrescado saberes existentes. Has sido tan persistente en tus aportaciones; lo sigues siendo; y estoy convencido de que continuarás siéndolo. Siempre encuentro en ti sabiduría. Me has inspirado tantas veces a escribir tantas cosas, a veces cónsonas con lo que tú planteas, a veces radicalmente diferentes. Sin embargo, aunque en instancias he recurrido a ti para asesorarme, me dejas asumir mis posturas, aunque perseveras en las tuyas. Gracias a ti he conocido más y mejor al mundo y su gente, y he viajado el mundo sin dejar mi tierra. Me atrevería a decir, sin temor a exagerar o equivocarme, que: soy por ti. Porque has afinado mi conciencia, has nutrido mi intelecto, has refinado mi espíritu, has despertado pasiones mías (y has callado otras). En fin, has moldeado mi ser. Quisiera que todo el mundo te conociera. Siendo lo que eres y como eres, y conociendo tu gran capacidad para hacer crecer a la gente, siento tristeza (y hasta malestar o rabia) por quienes no han podido o ne les han permitido conocerte. Y también he sentido desprecio por quienes han impedido que llegues a otros porque ven en ti una amenaza. Porque también representas posibilidad y libertad. Sí, porque aunque si bien es cierto que siempre encierras un bien, ese mismo bien es una amenaza para quienes quieren dominar el mundo. Y es que, a lo largo de la historia, desde tiempos inmemorables, has sido instrumento de liberación. Quizás ésta sea tu mayor virtud. Eres abstracción y concreción, espíritu y cuerpo, esencia y presencia. Puedes expresar sencillez o complejidad. Tienes esa capacidad única de ser multiforme sin perder tu esencia. Parecieras arco iris de colores, formas y tamaños, sin embargo, preservas intacta tu identidad, reconocible en cualquier espcio y lugar. Nadie se atreve a llamarte con otro nombre, que no sea un sinónimo de lo que eres tú. Puedes tener tantos significados como gente ponga en ti sus ojos, sus manos, su razón. Y tienes esa gran virtud de jugar tantos roles que puedes hacer reír, llorar, divertir, inspirar, herir, adornar y hacer vivir tantas emociones. Siempre he sentido este único orgullo de andar contigo, exhibirte, estrecharte entre mi mano y mi pecho, hablar de ti, presentarte a mis amigos y amigas, y a gente que no conozco. Puedo hasta escucharte, aún cuando no hablas. Cuando expresas cosas que me impactan, acentúo sutilmente tu epidermis. Eres realmente una necesidad en mi mundo: eres un mundo en cada necesidad mía. Y también lo eres de tanta gente. Puedo tocarte, mirarte de cerca, contemplarte de lejos, acariciarte. Puedo interrumpir nuestro encuentro y, a mi regreso, siempre estás ahí, esperándome. A veces, en mi fantasia, pienso que eres una especie de "ser humano extraño". Nunca se escucha tu voz, pero hablas cualquier idioma. No das instrucciones, pero incitas a hablar. No caminas, pero recorres los más poblados y humanos lugares del mundo o los más solitarios e inhóspitos. No respiras, pero das tanto aliento. Dime, ¿a qué tontucio, babieca, tocho, obtuso o ignorante se le ocurriría pensar que un día desaparecerás, que eres sustituible? Si, por el contrario, en tus mismas páginas reconoces que podrías asumir y estar accesible de múltiples formas a través de múltiples medios. Esa identidad que te da la historia que, desde tiempos ancestrales te ha caracterizado, será -siempre- como el sol que brilla, la luna que resplandece o el astro que destella. El resto de mis días pondré fiel atención a tus letras, puntos y comas; fijaré mis ojos en tus líneas; desbordaré mi razón en tus palabras, reinterpretaré tus oraciones y párrafos; acariciaré sutilmente tus páginas; y sé que encontraré aliento de vida, que sólo tú entrañas y das. Porque sólo da vida aquello que la tiene: ¡Ah, tú...libro mío!