Amigos y amigas de mi entrañable afecto:

En la tarde de hoy, 20 de diciembre de 2011, dimos cristiana sepultura a nuestro querido, respetado y admirado maestro Leonides Santos y Vargas. Le acompañamos hasta su última morada en el Cementerio los Cipreses en Bayamón. Con ello termina su jornada terrenal, gloriosa y fructífera. Pero continúa la nuestra nutrida, en gran medida, por la de él y otros maestros y maestras que tuvimos el inmenso honor de encontrar a nuestro paso. ¡Gracias al Señor por tan inmensurable privilegio!

Jenny, Aida, Héctor y yo compartimos juntos en la noche de ayer, en representación de nuestra clase del '65, momentos de solidaridad con la familia y amistades de nuestro excelso maestro. Mis amigos, Julio y David (quienes nos acompañaron en el encuentro de nuestra clase en mi casa en febrero de 2010, y que tuvieron el privilegio de compartir con Leonides, como lo tuvo él de compartir con ellos) y yo interpretamos cuatro canciones de nuestra música autóctona que nuestro maestro tanto degustaba: la danza Margarita, de Gregorio Tavárez, el vals Tu sonrisa, de Amado Flores, la danza Alondra en los bosques, del arecibeño, Carlos Padilla y la danza Verde luz (que todos cantamos al unísono) de El Topo. Estoy absolutamente convencido de que fue un momento de aliento, especialmente para Tere, Ana y Pirulo y sus hermanos y hermanas, por dos razones: porque ese era nuestro más ferviente deseo, y porque así se reflejó en sus rostros. No hubo aflicciones, sino regocijo; no hubo lágrimas, sino sonrisas; porque, como bien señalé, celebrábamos la riqueza de la excepcionalidad del maestro, del intelectual, del amigo, del puertorriqueño, del gallardo luchador, del ser humano. De estos atributos suyos seguiremos nutriendo nuestro mundo. En ellos encontramos nobles e inspiradoras razones para preservar la unidad de un grupo por el que él sentía y expresaba tanto cariño y orgullo.

En la despedida de hoy, en la capilla de la funeraria, leí el prólogo que él escribiera en "su primera obra publicada". La ficha bibliográfica es algo así: Santos y Vargas, Leonides y Apolinar Cintrón (1965). Forjadores del terruño. Arecibo: Edición artesanal de Santos-Cintrón. En ese prólogo, sólo en ese breve escrito, quedó plasmada la estatura intelectual de aquél joven de veintiséis años; quedó plasmado el perfil del futuro prometedor que construiría a su paso; quedó plasmada su concepción del maestro, su concepción del estudiante, su concepción de la sociedad, su concepción de la historia; quedó plasmado su sentido patrio, el que nos transmitió y defendió a lo largo de su exitosa carrera.

Nunca olvidaremos su insistencia en el aspecto semántico de la obra. Pero advertí, con el paso del tiempo, que no se trataba únicamente del significado del lenguaje y de los signos en las obras Las lanzas coloradas, El Mío Cid, La Odisea, La Iliada -que entonces estudiáramos- ni de la semántica de cualquiera otra obra escrita que habríamos de leer, sino en la semántica de la obra de la vida, en su más profundo significado. Porque es en esto último donde radica el verdadero valor del mensaje que quiso transmitirnos nuestro joven, gran maestro, a nuestros entonces tiernos modos de pensar y nuestras emergentes posturas. Nos transmitió un elocuente mensaje que encerraba una contundente enseñanza. Pero esto, sin embargo, importante como fue (y seguirá siendo) no fue lo más importante: lo más significativo fue que, hasta sus últimos días vivió, en carne propia, esa semántica de la vida de la que nos hablaba,. Así se juntaron su enseñanza y su modelaje, porque en ellas convergieron su idea, su verbo y su testimonio. ¡Y nos inspiraron¡ ¡Y fueron nuestro norte! ¡Y marcaron nuestra agenda! Porque aquella insistente enseñanza fue abstracción y concreción en su trayectoria de vida y constante inspiración en la nuestra. A lo largo de su vida, y hasta el final de ella, fue consecuente con aquél discurso que una vez, muy atentos, escucháramos. En esto estriba la verdadera semántica de la obra de la vida, el verdadero significado del vivir, el verdadero lenguaje de los signos, es decir, en querer y saber ser más para que los demás y las demás también sean. Su insistencia, a su temprana edad y a la tierna nuestra, en el aspecto semántico de la obra, no era un capricho académico, era un propósito claro de enseñarnos a vivir con significado. Si hoy atesoramos el milagro de la vida, la riqueza del conocimiento, el valor de la amistad y la grandeza de la creación, es que germinó aquella semilla de su huerto y dio frutos a ciento por uno. ¡Qué lanzas ni qué coloradas, que odiseas ni qué iliadas! Esas obras de la literatura universal le permitieron (a él y a aquél ejército de maestros y maestras, como les llamaba Hostos, talentosos y talentosas, que también compartieron su pedagogía con nosotros) trascender la enseñanza vacía para introducirnos en el más profundo sentido de una larga trayectoria que habríamos de recorrer.

A este egregio maestro dedico mi poema inédito porque encarna mi visión de esa noble profesión:

El emancipador
(plegaria de un maestro)

Ser soplo de aliento
que genera vida.
Ser móvil de pueblo
que genera historia.
Ser raíz y fruto
del árbol de sabiduría;
cetro de justicia, de la verdad, obra.
¡Cultivar libertad en Tu magna creación!
¿Cómo puedo honrar privilegio tanto
de llevar Tu nombre,
de hacer Tu trabajo
y que el fruto encendido sea a Tus ojos gratos?
Deja, pues, que primero florezca la poma,
que brote radiante,
y que sea la semilla germinada a Tu espera.
Y si acaso he podido liberar su intelecto,
romper sus fronteras
y lanzar sus ideas
allende horizontes,
si esa ha sido mi obra, llámame
¡Maestro!

Así te recordaremos querido maestro, querido mentor, querido colega, querido amigo. Descansa en tu bien merecida paz...

Un fuerte abrazo fraternal: José Miguel