Sopló recio el viento. Descargó con furia. Azotó a su antojo. Desafió el orden natural y humano. Despojó los montes. Desnudó flora. Destruyó fauna. Derrumbó materia. Cobró vidas. Se declaró amo y señor de cuanto encontró a su paso por mar, cielo y tierra. Se manifestó como profecía (parafraseada) del Salmista: "Se removió la tierra y se traspasaron los montes al corazón del mar. Bramaron y se turbaron las aguas y temblaron los montes a causa de su braveza" (S. 46:2-3). Contrario al mensaje del profeta, muchos temimos, aún hombre y mujeres de fe.

Embatió con la amenaza del Diluvio. Arremetió con la intimidación de Sodoma y Gomorra. Pero, ¿acaso fue Georges un castigo?, como podríamos habernos preguntado en algún momento. O ¿fue simple y sencillamente un fenómeno natural sin agenda ni leyes? Si por maldad hubiera sido, hubiera arrasado con nuestra generación, porque superamos por mucho a nuestras antecesoras. ¡Cuánta más corrupción, odio, crímenes, guerras, robo, abusos de poder, i-dolar-tría, egoísmo, amorcidio...! ¡Cuánta más injusticia, pobreza, abuso y maltrato contra, mujeres, niños y niñas, y discrimen contra minorías y etnias! ¡Cuánta violencia, depravación del sexo, erotismo vulgar y cafrería barata a través de la televisión y otros medios! Georges no tenía la fuerza para equiparar la maldad de nuestro tiempo. Pero podemos afirmar que vino a advertir, a instruir, a tocar conciencias, a poner realidades al descubierto, a sensibilizar gente, a identificar debilidades y fortalezas... Entonces, demos una mirada introspectiva y una mirada 'exospectiva' y adentrémonos en sus enseñanzas.

Una vez más queda al descubierto la realidad social en que vivimos: el extremo de la llamada escacez de unos y su opuesto , la abundancia de otros. Los vientos despejaron el panorama para palpar más claramente esa realidad. Acaso una de las primeras cosas que desenmascara este fenómeno natural es la intolerancia de quienes viven en el extremo de la abundancia a subsistir con menos que demasiado o extravagancia. Pero con ese menos intolerable que a muchos causa estrés, desesperación y coraje podrían vivir dignamente muchos otros hermanos y hermanas del otro extremo de la escasez, dentro y fuera de nuestra propia tierra. Hemos usado la riqueza material que Dios nos ha dado para empobrecer nuestro espíritu. Si tan solo tuviéramos la virtud del apóstol Pablo: "No... porque tenga escasez, pues he aprendido a contentarme, cualquiera que sea la situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para tener necesidad" (Fil.4:11-12).

Se alteró el flujo de agua, luz, teléfono y algunos artículos de necesidad. Pero no fue más que eso: una alteración. "Es como volver a los tiempos de nuestros abuelos", expresaron muchos con cierta ironía. No. No. No son los tiempos de nuestros abuelos, aunque muchos de los nuestros vivieron tiempos difíciles. Son los tiempos antes, durante y después de Georges de millones de hermanas y hermanos nuestros dominicanos, haitianos, cubanos, nicaragüenses, salvadoreños, hondureños, costarricenses, guatemaltecos y tantos otros en tantas otras partes del mundo. Para ellos el huracán de la miseria, la llamada escasez, la pobreza extrema, la opresión, la represión, las torturas inhumanas, el hambre es pan suyo de cada día, de cada momento, de todo tiempo.

Pero no nos engañemos; no hay que ir tan lejos. Antes del huracán, mi amiga María sufría sin consuelo porque no tenía comida para su hijo y su hija. Vive en la pobreza, en medio de la abundancia. Ni su talento ni su juventud ni su belleza ni su vitalidad le han servido para vencer a ese monstruo maldito. Mi amiga Benita, por veinte días recluída en el hospital, operada de sus rodillas, no contó con una mano amiga que le atendiera y le consolara en medio de su dolor. En un sillón de ruedas apenas cocina para sí misma. No en balde me dice: "Ya estoy jarta de estar jarta, pero es de miseria e infelicidad". Mi amigo don Pepe, a sus ochenta años, solo y desamparado, pasa los días de su triste vejez mirando correr las aguas apestosas del Caño Martín Peña (más apestosas que las carnes podridas de nuestros refrigeradores repletos) por una ventana de su casa (de una cocina pequeña y un cuarto de 10' x10').

Todos los días los escucho en mis entrañas, desde Jagüeyes, con una mezcla de tristeza, coraje (rebeldía), frustración e impotencia, y cierto grado de fe: "¡Ay, Jorge! ¡Ay, San Jorge! ¡Ay, Santo Jorge!" (Ninguno de ellos habla inglés.). "¡Cuándo dejarás de azotarnos impunemente? Estabas antes de llegar, te fuiste, y aún permaneces".

Para María, Benita y don Pepe, y miles como ellas y él, dentro de nuestras fronteras y allende éstas, la vida misma es un constante huracán. Están condenados a vivir en el lado oscuro de la abundancia. Sí, prefiero llamarle así. Porque no hay; No hay; No hay escasez ni en esta tierra nuestra ni en ningún otro lugar del planeta. Escasez es el lenguaje de los poderosos; es la excusa de los bribones y los malvados; es el engaño de los ladrones que distribuyen las riquezas naturales, humanas y materiales a su mezquino antojo, y se adueñan inicuamente de ellas.

¡Ay de las grandes ironías y las profundas contradicciones de nuestro pueblo. Pueblo generoso, servicial, empático, altruista, filantrópico... pero arropado por el capitalismo fiero y sus efectos materialistas devastadores que nos insensibilizan.

Los estragos del ciclón aún perduran. Son evidentes los escombros. Pero ya desfilan miles de personas por las mega tiendas para comprar el último grito de la moda y atestar sus roperos, ya atestados, y saciar sus ansias, harto saciadas, pero nunca saciadas, de comprar, comprar, comprar... Y se nos olvidan los miles de hogares destruidos por Georges y los miles que estaban destruidos antes, y lo estarán por largo tiempo (posiblemente todo su tiempo) después de él. Y nos ahogaremos, y despilfarraremos miles y millones de dólares en las extravagancias de la fiesta pagana de j-a-l-o-u-i-n. Y arrastraremos a nuestros niños y niñas a participar de ese culto subliminal a Satán.

Y nos llamamos pueblo creyente, pueblo cristiano. Y pasamos muchas horas en nuestros templos escuchando largos sermones, orando por largo tiempo y cantando muchos himnos y coritos. No debemos dejar de hacerlo. Pero si eso no se traduce en una auténtica y constante expresión de amor y servicio, "la fe sin obras es muerta" (Stgo. 2:26 ). El amor de unos pocos mitigaría la angustia de María, Benita y don Pepe; el amor de muchos mitigaría el dolor de miles; el amor de todos mitigaría la tristeza de la humanidad.

El amor es capaz de transformar la esperanza de los menesterosos, de una tierra prometida post mortum con calles de oro y mar de cristal, en una vivencia de todos los días con justicia y alimentos para todos. Pero esto significa dar más, ser más sensibles, más altruistas; ser menos egoístas, menos consumistas, menos materialistas; ser más de lo que debemos ser más y ser menos de lo que debemos ser menos. Podemos ser mejores mayordomos: vivir cómoda y dignamente sin insensibilizarnos ante el dolor y la miseria de los demás. No olvidemos que los alimentos que desechamos, la luz que desperdiciamos, el agua que derramamos, el dinero que despilfarramos lo necesita un hermano o hermana bien cerca de nosotros, o a unos pasos de donde pasamos todos los días.

¡Cuántos vacíos estaremos llenando con abastecimientos excesivos de materia efímera! Acaso ese es el espacio que debe llenar el amor: el amor que sirve, el amor que lleva alegría y felicidad, el amor que libera. Y que rebota. Siempre habrá quienes quieran que prevalezca el lado obscuro de la abundancia. Siempre habrá quienes aprovechen el dolor humano para multiplicar sus bienes. Pero el amor no permitirá que crezcan ni se enriquezcan. Por desgracia fatal, lo estamos permitiendo. ¡Ay, Jorge! ¡Ay, San Jorge! ¡Ay, Santo Jorge!, que te nutres de nuestra inercia y de la falta de amor.

Se impone una óptima expresión de amor, así como lo ha desplegado esta nación grande, generosa, enriqueña y noble durante esta crisis. Pero que no se disipe con el drama de Georges. Esa acción individual y colectiva que todo este drama genera debe permanecer como una acción constante, espontánea, "apolítica", que nos una en cadenas permanentes en los barrios, las barriadas, las urbanizaciones y en cada rincón de esta tierra nuestra. No lo podemos dejar a la voluntad de los políticos y de los partidos. Ellos son: la antítesis de la hermandad, la detonancia del amor, la expresión pugnante de la unión, el antagonismo de la unidad... Siempre segmentarán a nuestro pueblo en los poderosos y los desposeídos, los de arriba y los de abajo, los que todo lo ven bueno cuando ostentan el poder, pero todo lo ven malo cuando no lo tienen. Son tan necios e imbéciles que, viendo el esfuerzo de reconstrucción del País, incluyendo el esfuerzo genuino de algunos de ellos, se niegan a reconocerlo mutuamente si son de partidos contrarios. Sólo los vagos de oficio (que tantos hay en este país, incluyendo a muchos políticos), pasan desapercibido el dolor y la necesidad de nuestro pueblo. Los partidos y los políticos sólo piensan en componendas politiqueras, en agendas plebiscitarias, en cocteles y en votos, al margen y a expensas de la tragedia de nuestro pueblo (la georgina pasajera y la cotidiana permanente). Con los millones de dólares que ellos despilfarran y roban es suficiente para que seamos un modelo al mundo de una sociedad de equidad y justicia social. Contra esa corrupción se debe imponer nuestra protesta militante y asertiva. Esto también es una muestra de amor. Nunca se habrán de encontrar la agenda de los políticos con la del pueblo que sufre. Entonces hagamos caso omiso de ellos, y preocupémonos nosotros por nosotros mismos y por nuestros hermanos y hermanas.

Si los que ocupamos algún lugar de ese lado resplandeciente de la abundancia material acudiéramos a la abundancia espiritual (potencial) que todos tenemos, y aprendiéramos a vivir con menos, posiblemente no morirían hermanos de la Autoridad de Energía Eléctrica en su empeño y ansiedad de calmar nuestra intolerancia y nuestro consumismo salvaje; y no tendrían que morir hermanos aplastados por los escombros porque nosotros no podemos remover los que hay dentro de nosotros. Y si fuéramos mejores mayordomos de la riqueza que Dios nos dio, no habría tanta desgracia ni en Puerto Rico ni ningún otro país del mundo. ¡Enséñanos, Señor, a ser como Pablo!

Si Georges abrió un espacio para estas introspecciones, entonces dejó una esperanza; la esperanza de que se cumpla la profecía: "Bienaventurados los que lloran porque ellos recibirán consolación (Mat. 5:4). Bienaventurados los que sufren hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados" (Mat. 5:7). Pero no permitamos que sea la sola esperanza de ese lugar que ninguno hemos visto, sino una vida cotidiana con dignidad en la cual se mitigue el hambre, se erradique la miseria, se elimine el llanto que de ellas nace y se construya un reino de paz con justicia.

También hay promesa profética para quienes sean instrumentos en la erradicación de estos males: "Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia" (Mat. 5:7); "Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios" (Mat. 5:9 ); "Repartió, dio a los pobres; Su justicia permanece para siempre" (2 Cor. 9: 9); "...Trabajando así, se debe ayudar al necesitado, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir" (Hech. 20: 35).

Georges trajo su doctrina. Sus vientos dejaron muchas enseñanzas. Quizás de eso se trate buena parte de la existencia humana: De tempestades y moralejas.